Carta en una nube

Desde luego, por muy poderosa que sea la mente e ilimitada la imaginación, nada podría reemplazar tu presencia.

La Candelaria. Bogotá, Colombia.

¿Estarás mirando al cielo en este momento? ¿Qué se te pasa por la cabeza? A veces pienso que las nubes que veo ahora, navegando a la deriva en la atmósfera bajo la influencia de fríos vientos, en unas cuantas horas pasarán a visitarte. Tal vez envíe este mensaje con ellas, si me lo permiten. Procuraré que no sea tan denso como para que en el camino en algún momento no pase de largo entre esas motas de algodón y se pierda en alguna parte de la sabana.

Algunas veces, cuando no tengo nada que hacer y pasas por mi cabeza, tomo un cigarrillo de la cajetilla y con el humo que emana de mi boca y un poco más del que se desperdicia de la cabecita ardiente del pucho, te dibujo en el aire, y hago de cuenta que estas frente a mi. En ese momento me tomo la molestia de contarle a tu proyección mental todo lo que pasó en el día. Suelo buscar pelea para hacerte enojar y ver esos gestos que, he de admitir llegan a enternecer, y luego imagino darte un abrazo reconciliador de esos que tanto calor suelen emanar.

Desde luego, por muy poderosa que sea la mente e ilimitada la imaginación, nada podría reemplazar tu presencia. Y sin embargo me conformo con saber que estas bien y que, desde la distancia, me envías los mejores deseos y los más grandes afectos, así como yo lo hago desde aquí.

Para qué nombrar a nuestro afecto mutuo si con saber que es verdadero debe bastarnos. Si es así, las distancias se rompen y los reencuentros son más placenteros, aunque he de admitir que me gustaría que fuera pronto.

Te regalo estas pocas pero sinceras letras que te escribo y tu procura guardarme un abrazo y una tarde con olor a café.

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