La pileta en el centro de la pequeña plaza estaba medio llena. Será porque los rayos solares, a parte de acariciar las pieles de las personas, atraían a los cielos cuanto repositorio de agua encontrara. Un verano fuerte se cernía sobre una ciudad de todos y a la vez de nadie, porque no puede dársele tanta propiedad a una ciudad que se habita, pero que pocos logran hacerla parte de si mismos. No lo digo por mi, porque a pesar de todo la quiero.

Justo en esa ciudad me ubicaron los vientos oníricos que en las noches, y en algunas pocas ocasiones de día, me transportan a realidades alternas inconcebibles. Eso si, en muchas ocasiones los sueños me han enseñado más de mi que las propias experiencias. Tal vez por eso, al haber nacido en aquella ciudad de atardeceres multicolores, mi inconciente suele llevarme ahí, a mi cuna. Será mejor entonces continuar con mi relato y tratar de no entrar en tanto detalle.

En esa pileta, ubicada frente a lo que fue mi alma Mater, revisé mi reflejo perplejo mientras en mis orejas los audífonos bombardeaban con furia una canción de tempo acelerado. No sé por qué me extrañaba de verme, si no veia nada distinto a lo que pudiese ver en un espejo, salvo por los cambios que tenia mi rostro cada vez que el agua se movía a merced de unos leves brisas veraniegas.

Mi intento por comprender llegó al punto de querer tocar el reflejo y revolver un poco el agua, como si con eso pudiese endulzar la imagen como si se tratase de un café. Mi sorpresa fue sentir como si cayera en un agujero, quizás no como el de Alicia porque no sentí un totazo al caer. Bueno, es que en realidad no caí. Un salto de escena a escena me trasladó a una enorme extensión de agua –claro, como si los sueños cumplieran alguna lógica- y me ubicó sobre un planchón de madera, flotando a la deriva en una extensión que pareciera no terminar en el horizonte.

-¡Adelante!-Escuché detrás de mi, como alentándome a que hiciera algo. Tuve miedo de voltear a mirar, pero la voz se me hizo familiar y me pudo la curiosidad. Tragué saliva y levemente eché una ojeada a lo que apuntaba mi espalda para ver quien me aconsejaba. Solo siluetas pude ver, pues el sol no dejaba ver ningún detalle de las personas. Solo sé que eran importantes para mí, o eso me dijo mi corazón, o como quieran llamar a ese instinto sentimentaloide que tenemos los humanos. Miré de nuevo al frente y otro sol brillaba a lo lejos.

El sol que tenía frente a mi iluminaba unas ruinas, grandes columnas en medio de un mar que parecía ser demasiado profundo y absurdamente sucio. Me aterraba pensar en el hecho de tocar si quiera con el dedo gordo del pie semejante inmundicia. Y sin embargo atrás de mi se oían voces  susurrantes que se unían a la suplica de la primera que me invitaban a seguir adelante. – ¿Adelante a dónde? -pensaba yo, sin entender el consejo que aquellas siluetas me daban.

Era bastante obvio, aunque no para mí de forma inmediata, que ellos querían que me lanzara al agua a nadar para llegar a ningún lugar. Es que no veía en donde pudiese descansar mi cuerpo más adelante y no tenia sentido nadar si donde estaba me sentía más seguro.

No sé si fue la insistencia o sencillamente porque quise, que me animé a tirarme al agua. Y con toda las ganas caí en esa agua sucia que solo llegó a cubrir un poco más de la mitad de mi cuerpo. Admito que quedé decepcionado al ver que podía tocar el suelo. Estando ahí solo me dediqué a quitar cuanta basura encontré y avanzar lo mas rápido que pude hacia aquellas ruinas mientras, a lo lejos, se iban apagando las voces que me animaban. A medida que se apagaban, mi conciencia de que ahí estaban, sin necesidad de escucharlas, era mayor.

Al llegar a las ruinas el agua estaba clara y solo llegaba a cubrirme un poco mas arriba de mis pies y, aunque no estaba en algo sólido, sentí como si estuviese en algo estable. Extrañamente sentí que salí de casa para llegar a otra.

¡Bzzzzzz! Vibró el celular, y Morfeo me abandonó nuevamente como todos los días lo hace cuando los rayos débiles del sol tocan el techo de la casa. Eran las seis de la mañana, y al descobijarme sentí el frío de invierno de la sabana que se escurría bajo la puerta de mi habitación. Había llegado al otro lado.

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