familia vanegas bwSi se acostumbró a llamarme por mi anterior apellido, entonces temo que tendrá que acostumbrarse a otro. Ceballos ya no es legalmente mi nombre, y por sentido de identidad, hace años dejé de usarlo en mis redes sociales y vida personal. No, nada tiene que ver con una venganza, un trauma o una negación. Es mi identidad, la que cada uno debe defender a capa y espada. Esto viene de atrás.

Cuando estaba en el colegio, por allá cuando cursaba en el Real Colegio San Francisco de Asís primero de primaria, me negaba a firmar mi apellido paterno. Nadie en mi familia, la de mi madre, la que siempre estuvo conmigo, me presionó por ello. Sencillamente sentí la ausencia y la interpreté. La sicología llego después, a salvarme de un trauma imaginario, a corregir aquel esperpento. ¿Cómo es posible que el niño no firme su apellido?

Con las palabras afiladas, con trucos y dibujos, me aburrió con la misma alharaca (no, jamás me llegó a convencer) y acepté firmarlo a regañadientes. Mi libre desarrollo de la personalidad había sido pisoteado. No me quedó más remedio que aceptarlo: “firmaré con ese apellido por siempre”, pensé.

Años después me volví a enfrentar con una sicóloga. De nuevo, sentir que no te identificas con algo, resultó ser un trauma impensable. En aquellos 24 años, finalizando una carrera universitaria, en plena crisis del “qué voy a hacer después” y pasando por una maldita tusa, me revelé. ¡No! Esa no es mi identidad. Y no, tampoco no identificarme con mi apellido es negar a mi padre. Lo era, lo es y lo seguirá siendo, pero no me identifico con su apellido.

En esta sociedad machista (y si, en pleno 2016 aún lo es), sentirse identificado con la madre y sus ancestros, pareciera ser un insulto. Un trauma que hay que extirpar.

Me niego a ser lo que no soy. Soy tamal huilense en los diciembres, taitapuro de bombas el 31, sancocho de gallina en los cumpleaños, recochas musicales de mi tía Gloria, los chistes flojos de mi tío Eduvan, la risa contagiosa de mi tío Nestor, la música guapachosa de mis tías Ginna y Paola, y mucho más. Ahí están mis raíces, y por eso y más soy lo que soy. Por eso celebro que hoy, mi apellido corresponde a lo que siento. Ya no me da pereza firmar, no me siento forzado, no me pesa el cuerpo. Hoy, a mis 28 años, puedo sentirme libre de decirle al mundo: soy el señor Vanegas.

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