Al techo subió la gata a apreciar la luna. La anhela. Quiere ser ella “¿Serían tantas las cosas que podría ver desde allá arriba?”

La gata quiere viajar por el mundo, ver a las personas como hormigas y no como amenazantes animales, corriéndola de un lado a otro, tirándole cosas y gritándole “sucia” solo por buscar en los botes de basura algo con que calmar el estómago.

Seres humanos, dioses gigantescos que deciden qué vive y qué no; qué merece un lugar calentito, leche tibia y comida constante, y quien debe habitar las calles. Obsesionados con una belleza que ellos no tienen.

La gata contempla la luna y piensa en cómo llegar. ¿Saltando? ¿Maullando? ¿Estirándose lo más que pueda? No se desespera por encontrar una solución. Y mientras el frío la cobija y el viento la acaricia, la gata poco a poco entra en sopor.

Sus músculos tiemblan, pierde la conciencia. La gata se ha entregado al frío de la noche. Ahora la gata vuela, sube por las nubes y se acerca a la luna. Ahora la gata puede mirar desde el cielo el techo en el que estaba. La gata es feliz. Ahora la luna y ella son una sola. Se despide de las crueles calles. Hasta que decida volver.

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